Las Remesesas en América Latina crecen un 132% en 10 años y los envíos digitales se disparan
Las
transferencias de dinero que las personas migrantes envían a sus familias se
han duplicado entre 2016 y 2025, según el nuevo informe del Fondo Internacional
de Desarrollo Agrícola (FIDA).
Diez años después
de la última gran radiografía mundial de las remesas, uno de los mayores flujos
financieros internacionales, el panorama ha cambiado. Las transferencias de
dinero que las personas migrantes envían a sus países de origen se han
duplicado hasta alcanzar los 728.600 millones de dólares (unos 626.000 millones
de euros) en 2025, una cifra que supera ampliamente la ayuda oficial al
desarrollo. El nuevo informe del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola
(FIDA), publicado este lunes, revela además un giro geográfico y tecnológico:
América Latina es la región donde más han crecido y la mitad de los envíos ya
se realizan de forma digital, frente a un panorama dominado en un 90% por el
efectivo hace apenas una década.
Más de 1.300
millones de personas en todo el mundo forman parte de los giros
internacionales. Unos 220 millones de migrantes envían dinero a alrededor de
1.100 millones de familiares en sus países de origen, ayudándoles a cubrir
necesidades básicas como la alimentación o la vivienda. Las cifras, sin
embargo, deben leerse con cautela. El informe no descuenta el efecto de la
inflación, por lo que el aumento registrado no equivale necesariamente a una
duplicación del poder adquisitivo de las familias.
Aun así, la
tendencia es clara: las transferencias han crecido a un ritmo medio cercano al
8% anual durante la última década. Según Pedro de Vasconcelos, gerente del
Fondo de Financiación para las Remesas del FIDA, este aumento se explica por
varios factores, entre ellos una comunicación más constante entre quienes
emigran y quienes se quedan. “Más conexión implica mayor capacidad de
respuesta. Antes era una llamada telefónica; hoy hay conversaciones por
WhatsApp en cualquier momento. La persona sabe casi inmediatamente que sus
familiares necesitan recursos para pagar una matrícula escolar, reparar un
techo o afrontar una emergencia médica. Y puede enviar el dinero en segundos
desde su teléfono”.
India, México,
Filipinas, Egipto y Pakistán son los principales receptores del mundo y
concentran el 47% de los fondos enviados. Asia y el Pacífico sigue siendo, con
diferencia, la región que más recursos recibe, al captar el 53% del total
mundial. Sin embargo, ya no es la que más crece. Ese liderazgo corresponde
ahora a América Latina y el Caribe. Mientras que entre 2007 y 2016 las remesas
hacia la región aumentaron un 18%, entre 2016 y 2025 se dispararon un 132%.
Una de las causas
es el aumento de la migración, que creció un 41% en la última década, impulsada
por el éxodo venezolano y por la inestabilidad económica, la inseguridad y los
fenómenos climáticos. Vasconcelos añade que entre América Latina y EE UU, la
principal fuente de remesas, “hay corredores de envíos muy grandes, líquidos y
competitivos” que funcionaron bien cuando las personas migrantes tuvieron que
responder a las crisis de la región. “En muchas familias rurales, incluso,
pueden ayudar a que otro miembro de la familia no tenga que marcharse”,
resalta.
Sin embargo, el
endurecimiento de las políticas migratorias en Washington mantiene en alerta a
los expertos. La Administración Trump, además, amenazó en 2025 con crear un
impuesto del 5% a las remesas , aunque al final lo rebajó a un 1%.
Vasconcelos
reconoce que una reducción del número de migrantes o de su capacidad para
generar ingresos podría afectar seriamente a algunas economías especialmente
dependientes de estos flujos. Podría ser el caso de Honduras, donde las remesas
representan un 30% del PIB, El Salvador (28%) o Nicaragua (27%). No obstante,
el estudio del FIDA resalta que este tipo de transferencias suelen mantenerse
estables en periodos de incertidumbre.
SALTO A LOS
ENVÍOS DIGITALES
La digitalización
gana terreno, aunque todavía avanza a distintas velocidades. La mitad de los
envíos ya se inicia a través de canales digitales, como bancos que han llevado
sus servicios a internet, aplicaciones móviles especializadas o monederos
electrónicos. Sin embargo, solo un 35% completa el recorrido de forma
plenamente digital, desde el envío hasta la recepción, sin pasar por el
efectivo en ningún momento. “El gran desafío de los próximos años es completar
ese recorrido digital”, afirma Vasconcelos y advierte de que para lograrlo hace
falta mucho más que multiplicar las aplicaciones móviles.
Es lo que pasa,
por ejemplo, en África, pionera en dinero móvil y en start-ups para el envío de
remesas. El continente, que recibió 124.200 millones de dólares en 2025, aún
tiene problemas para garantizar que las cuentas y monederos sean interoperables
entre países, y no solo dentro de cada mercado nacional.
Vasconcelos añade
que, tanto en África como en otros contextos, también se necesitan
infraestructuras fiables, servicios adaptados a las necesidades de las familias
migrantes y que las soluciones digitales lleguen a las zonas rurales, que
reciben el 32% de las remesas mundiales.
Otra tarea
pendiente es conseguir que la digitalización se traduzca en tasas de envío cada
vez más baratas y llegar a la meta del 3% en 2030, trazada por Naciones Unidas.
El coste medio de enviar 200 dólares (unos 170 euros) apenas disminuyó del 7,4%
en 2016 al 6,36% en 2025. Las transferencias totalmente digitales costaron una
media del 4,6%.
El FIDA también
insiste en que es urgente mejorar la gestión de ese dinero una vez llega a
destino. Es decir, que el dinero no simplemente se gaste en necesidades
inmediatas, sino que permita construir ahorro o acceder a créditos. “La
oportunidad no está solamente en transferir el dinero de forma más rápida y
barata, sino en cómo las remesas pueden contribuir a construir una resiliencia
mucho mayor. Eso incluye que los gobiernos las integren en sus planes de
inclusión financiera”, explica Vasconcelos.
Sin embargo, el
informe lanza una advertencia: “Son recursos familiares privados, no fondos
para el desarrollo”. Aunque si están gestionadas, pueden impulsar el progreso
de los países, no pueden quitarle la responsabilidad a los Estados y a las
organizaciones internacionales de hacer inversión pública o garantizar la
protección social, la ayuda humanitaria ni la financiación climática.
“Cuanto mayores
son”, reconoce Vasconcelos, “mayor es la tentación de verlas como una fuente de
financiación que puede ser dirigida a determinadas prioridades de desarrollo.
Eso sería un error. El papel de los gobiernos y las instituciones de desarrollo
no es dirigir el destino de ese dinero, sino ampliar las opciones de las
familias para utilizarlo. No es movilizar remesas, sino movilizar
oportunidades”.